Samir Carrillo

Quiero tener unas gallinas en la terraza.

Quiero que me despierten por la mañana en lugar del ruido de las construcciones que rodean la casa. Quiero que se llamen Nuvia, Virginia y Rita. Les haría un gallinero en la terraza, construido con los restos de una escenografía: una pared de un castillo y el balcón donde solloza un Ricardo.

Quiero sembrar un maizal tan alto que se vea desde lejos y que la gente diga: «¡Ah, alto maizal!».

Debo tener un espantapájaros. Sembraré un mono y se llamará Roberto. Él cuidará el maizal, las gallinas y los perros. Cuando me emborrache, me llevará a los tumbos hasta la cama y nunca perderá mis llaves. Irá en bicicleta a comprar helado cuando estén a punto de cerrar y operará las luces de las funciones que no me gustan.

Roberto necesitará ayuda, así que construiré un robot llamado Claudia. Se encargará de las tareas los días en que Roberto esté borracho.

Adoptaré un cerdo para Claudia. Se llamará Fabiola, y Claudia tendrá terminantemente prohibido enamorarse de ella, sobre todo en verano.

Los feriados jugaremos al dominó. Todos juntos, escuchando un vallenato, al ritmo de las olas del mar, las palmeras y el trombón de Roberto, que toca con una gracia, pero con una gracia, que cualquier desprevenido juraría que lo hace desde siempre. Nadie sospecharía jamás que se lo ganó en un casino.

Habrá diecisiete hamacas sobre diecisiete camas, encargadas de resguardarnos de la borrachera inducida por el ron y el whisky, que beberemos lentamente en crisoles decorados con finas flores, despertando la envidia de todo este barrio de engreídos.

Y… ahí, todo lo que se diga de nosotros serán apenas mentiras sobre nuestro paradero.


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